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Un hombre que no puso en tela de juicio esta teoría de la
asepsia fue Robert Wood Johnson, quien oyó hablar a Lister
en 1876. Durante años alimentó la idea de poner en práctica
las enseñanzas del cirujano inglés. Su intención era desarrollar
un nuevo tipo de apósito quirúrgico, estéril, envasado en
paquetes individuales precintados e indicado para uso inmediato
libre del peligro de contaminación.
Antes de los descubrimientos de Lister, la tasa de mortalidad
postoperatoria alcanzaba hasta el 90% en algunos hospitales.
Los cirujanos se resistían a entender que ellos mismos contaminaban
a sus pacientes al operar sin guantes y sin instrumental estéril.
Para poner en práctica los métodos de Lister era necesario
contar con un equipo complejo y difícil de manejar, adecuado
solamente para los pocos grandes hospitales existentes. La
sala de operaciones y el paciente se rociaban con una solución
de ácido fénico. Si bien era rudimentario, significaba un
avance importante sobre los procedimientos vigentes: como
compresas se usaba algodón producto de la recolección de los
desperdicios de las fábricas textiles; los cirujanos operaban
en traje de calle y encima llevaban la bata salpicada de sangre
como un distintivo de honor.
Robert Wood Johnson llegó a la conclusión de que tenía que
haber un método mejor. En 1885 formó una sociedad con sus
dos hermanos, James Wood y Edward Mead Johnson. Las operaciones
comenzaron en 1886 en New Brunswick, Nueva Jersey, con un
personal de 14 empleados, en el cuarto piso de un pequeño
edificio que antes fuera una fábrica de papel. En 1887 , bajo
la denominación de Johnson & Johnson, época en que eran pocos
los hospitales de Estados Unidos que pudieran incorporar los
métodos antisépticos de Lister, se empezó a desarrollar la
industria de los apósitos quirúrgicos.
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